Elemental,
mi querido Watson.
Análisis del texto “Estudio en Escarlata” de Sir Conan
Doyle
Por Gloria Luz Medina L.
Hago hincapié en lo
interesante que me resultó la lectura de la selección de textos de “Estudio en
Escarlata” de Sir Conan Doyle, pero sobre todo una lectura para detectar los
detalles del método deductivo que aplicó el investigador Sherlock Holmes en la
investigación de un doble asesinato.
Llama la atención que desde
que llegó al lugar de los hechos gracias a la observación de detalles pudo
percibir algunos de ellos que escaparon a los investigadores de Scotland Yard,
fue capaz de analizar hasta sangre al interior de la rasgadura en una pared.
La deducción que tuvieron de
que se trataba de una mujer la responsable por localizar un anillo no convenció
a Holmes quien poco a poco fue desentrañando los misterios que encerraba el
caso, primero con un cuerpo a investigar, posteriormente dos.
Holmes recolectó evidencias
desde su primera intervención lo que le dio la oportunidad de ir estableciendo
una cadena de hechos lógicos, como más tarde lo explicó, fue capaz de razonar
hacia atrás lo que le permitió deducir desde pequeños detalles observados,
analizados, el entramado, a diferencia de Scotland Yard que razonaron hacia
adelante y buscaron precipitadamente una explicación que al final no resultó
certera.
Razonó en diferentes etapas
los hechos que el propio Sherlock explicó en el siguiente extracto del libro
Estudio en Escarlata:
“Voy a intentar exponerle las
diferentes etapas de mi razonamiento. Empecemos por el principio. Llegué a la
casa, como usted sabe, a pie y con el cerebro libre de toda clase de
impresiones. Empecé, como es natural, por examinar la carretera, y descubrí, según se lo
tengo explicado ya, las
huellas claras de un carruaje, y este carruaje, como lo deduje de mis
investigaciones, había estado allí en el transcurso de la noche. Por lo
estrecho de la marca de las ruedas me convencí de que no se trataba de un
carruaje particular, sino de uno de alquiler. El coche Hansom de cuatro ruedas
que llaman Growler es mucho más estrecho que el particular llamado Brougham.
Fue ése el primer punto
que anoté. Avancé
luego despacio por el sendero del jardín, y dio la casualidad de que se trataba
de un suelo de ardua, extraordinariamente apto para que se graben en el mismo huellas. A usted le
parecerá, sin duda, una simple franja de barro pisoteado, pero todas las
huellas que había en su superficie encerraban un sentido para mis ojos
entrenados. En la ciencia detectivesca no existe una rama tan importante y tan olvidada como el arte de
reconstruir el significado de las huellas de pies. Descubrí las fuertes
pisadas de los guardias, pero vi también la pista de dos hombres que habían pisado primero el
jardín. Era cosa fácil afirmar que habían pasado antes que los otros, porque en
algunos sitios sus huellas habían quedado borradas del todo al pisar los
segundos encima mismo. Es como fabriqué mi segundo eslabón, que me informó de que los
visitantes nocturnos habían sido dos, uno de ellos notable por su estatura (lo
que calculé por la longitud de su zancada) y el otro elegantemente vestido, a
juzgar por la huella pequeña y elegante que dejaron sus botas. Esta última
deducción quedó confirmada al entrar en la casa. Allí tenía delante de mí al
hombre bien calzado. Por consiguiente, si había existido asesinato, éste había sido cometido por el
individuo alto. El muerto no tenía en su cuerpo herida alguna, pero la
expresión agitada de su rostro me proporcionó la certeza de que él había visto
lo que le venía encima. Las personas que fallecen de una enfermedad cardíaca, o
por cualquier causa natural repentina, jamás tienen en sus facciones señal
alguna de emoción. Cuando
olisqué los labios del muerto pude percibir un leve olorcillo agrio, y
llegué a la conclusión de que se le había obligado a ingerir un veneno. Deduje también que le
habían obligado a tomarlo por la expresión de odio y de temor que tenía su
rostro. Había llegado a este resultado por el método de la exclusión, porque ninguna otra
hipótesis se ajustaba a los hechos. No vaya usted a imaginarse que se trata de
una idea inaudita. No es, en modo alguno, cosa nueva, en los anales del crimen,
el obligarle a la víctima a ingerir el veneno. Cualquier toxicólogo recordará
en seguida los casos de Dolsky, en Odesa, y de Leturier, en Montpellier. A
continuación, se me presentó el gran interrogante del móvil. Éste no había sido
el robo, puesto que no le habían despojado de nada. ¿Se trataría, pues, de
política o mediaba una mujer? Tal era el problema con que me enfrentaba. Desde
el primer instante me sentí inclinado a esta última suposición. Los asesinos
políticos tienen por costumbre darse a la fuga en cuanto han realizado su
cometido. Este asesinato, por el contrario, había sido llevado a cabo de un
modo muy pausado, y quien lo perpetró había dejado huellas suyas por toda la
habitación, mostrando con ello que había estado presente desde el principio
hasta el fin. Ofensa que exigía un castigo tan metódico era, por fuerza, de
tipo privado, y no político. Al descubrirse en la pared aquella inscripción, me incliné más que
nunca a mi punto de vista. Estaba demasiado claro que aquello era una aliagaza.
Pero la cuestión quedó zanjada al encontrarse el anillo. Sin duda alguna, el
asesino se sirvió del mismo para obligar a su víctima a hacer memoria de alguna
mujer muerta o ausente. Al llegar a este punto fue cuando pregunté a Gregson si
en su telegrama a Cleveland había indagado acerca de algún punto concreto de la
vida anterior del señor Drebber. Usted recordará que me contestó negativamente.
Procedí a continuación a
escudriñar con mucho cuidado la habitación, y el resultado me confirmó
en mis opiniones respecto a la estatura del asesino, y me proporcionó los
detalles adicionales referentes al cigarro de Trichinopoly y a la largura de
las uñas. Al no ver señales de lucha, llegué, desde luego, a la conclusión de
que la sangre que manchaba
el suelo había brotado de la nariz del asesino, debido a su emoción.
Pude comprobar que la huella de la sangre coincidía con la de sus pisadas. Es
cosa rara que una persona, como no sea de temperamento sanguíneo, sufra ese
estallido de sangre por efecto de la emoción, y por ello aventuré la opinión de
que el criminal era, probablemente, hombre robusto y de cara rubicunda. Los hechos han demostrado que mi
juicio era correcto. Cuando salimos de la casa procedí a realizar lo que
Gregson había olvidado. Telegrafié a la Jefatura de Policía de Cleveland,
circunscribiendo mi pregunta a lo relativo al matrimonio de Enoch Drebber. La
contestación fue terminante. Me informaba de que ya con anterioridad había
acudido Drebber a solicitar la protección de la ley contra un antiguo rival
amoroso, llamado Jefferson Hope, y que este Hope se encontraba en Europa.
Sabía, pues, que ya tenía en mis manos la clave del misterio, y sólo me quedaba
atrapar al asesino. En ese momento había yo llegado mentalmente a la conclusión de que el hombre
que había entrado en la casa con Drebber no era otro que el mismo cochero del
carruaje. Las marcas que descubrí en la carretera me demostraron que el
caballo se había movido de un lado a otro de una manera que no lo habría hecho
de haber estado alguien cuidándolo. ¿Dónde, pues, podía estar el cochero, como
no fuese dentro de la casa? Además, es absurdo suponer que ninguna persona que
se encuentre en su sano juicio cometa un crimen premeditado a la vista misma,
como si dijéramos, de una tercera persona que sabe que lo delatará. Y, por
último, si alguien quiere seguirle los pasos a otra persona en sus andanzas por
Londres, ¿qué mejor medio puede adoptar que el de hacerse conductor de un coche
público? Todas estas consideraciones me llevaron a la conclusión de que a
Jefferson Hope habría de encontrarlo entre los aurigas de la metrópoli. Si él
había trabajado de cochero, no había razón de suponer que hubiese dejado ya de
serlo. Todo lo contrario: desde el punto de vista suyo, cualquier cambio
repentino podría atraer la atención hacia su persona. Lo probable era que, por
algún tiempo al menos, siguiese desempeñando sus tareas. Tampoco había razón
para suponer que. actuase con un nombre falso. ¿Para qué iba a cambiar el suyo
en un país en el que éste no era conocido por nadie? Por eso organicé mi cuerpo
de detectives vagabundos, y los hice presentarse de una manera sistemática a
todos los propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta que huronearon
dónde estaba el hombre tras del que andaba yo. Aún está fresco en la memoria de
usted el recuerdo del éxito que obtuvieron y de lo rápidamente que yo me
aproveché del mismo. El asesinato de Stangerson fue un episodio completamente
inesperado, pero que en cualquier caso habría resultado difícil de evitar.
Gracias al mismo, como usted ya sabe, entré en posesión de las píldoras, cuya
existencia había conjeturado. Como usted ve, el todo constituye una cadena de ilaciones lógicas sin
una ruptura ni una grieta.”
Fueron esta cadena de hechos
los que le dieron pie al investigador de llegar a su conclusión y posterior
captura de Jefferson Hope, el cochero que llegó desde Estados Unidos para
culminar su objetivo de asesinar a su antiguo rival de amores.

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